Paddy Kelly

Su modo de comunicación más frecuente era el gruñido. Vivía rodeado de españolitos perdidos que apenas sabían una palabra de inglés. Gruñía porque no sabía español, porque aunque había escrito más de quince libros sobre la Guerra Civil, la pereza y el alcohol le habían privado de emular a Hemingway para atarlo primero a su sillón en una casa cerca de Grafston Street, a una cama años más tarde, cuando tuvo que vender la butaca como último recurso para no morir de hambre, y a la salita de estar de un hostel en Usher Quai, en la recta final de su vida. Allí lo conocí. Lo espiaba en sus ratos de lucidez, lo observaba con cuidado mientras guardaba en su bolsillo una petaquita que solía conservar en el congelador. Luego se escondía en la sala de cine, se hacía un ovillo en una de las esquinas y pasaba horas absorto ante la pantalla del televisor. Gruñía. Cada vez que algún despistado encendía la luz asustado de la bola de grasa y pelo canoso que se desperezaba en la penumbra, gruñía. Era “un puto borracho irlandés”. Sigue leyendo

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