Un atraco confuso

Aquella noche Fernando y El Chori habían cenado juntos. El plan continuaba en pie, aquella lluvia de marzo no iba a torcer los preparativos de todo un mes. Al fin y al cabo, era un golpe más y tenían que seguir viviendo de algo. Lo cierto es que nunca habían llegado tan lejos como pensaban llegar esa noche. Comieron poco, fue una cena casi frugal porque cuando sube la adrenalina el estómago se cierra. El estómago pesado tampoco es un buen compañero en ese tipo de situaciones. En el peor de los casos tendrían que salir corriendo, tampoco era bueno no comer nada.

Fernando siempre había sido un tipo peculiar. Le conocí en el instituto, era algunos años mayor pero pronto le superaría en curso. Siempre decía, desde el pupitre de atrás mientras se preparaba el canuto del recreo, que lo suyo no era estudiar. Desde luego la inteligencia nunca fue una de sus virtudes y las pocas neuronas que le quedaban se evaporaron igual que el olor a yerba a la entrada del colegio.

A El Chori, en cambio, no le conocía tanto. Siempre medio oculto entre el grupo de disidentes de los estudios, nunca hizo demasiado ruido y pasó sin pena ni gloria por aquellas clases, por aquel barrio, el de toda la vida. Hace poco coincidí con él. Cruzo cada semana la estación de Chamartín sorteando repartidores de panfletos con descuentos para los restaurantes de la estación. Comerciales que te ofrecen tarjetas de crédito con muchas ventajas o unas chicas muy simpáticas que regalan muestras de colonia a todo el que pasa. Sigue leyendo