Los molinetes de La Bombonera

Llegaron como dos desarrapados a Buenos Aires. Habían fumado un porro antes de salir y aguantaron semidormidos las quince horas que hay que circular en autobús desde Río Negro para llegar a la capital argentina. El más bajito, Darío, trabaja en un pueblito de la región en una casa de apuestas y Martín, con una cresta mal acabada sobre el pelo negro, es mecánico en el mismo pueblo.

Recuerdan a Dick y a Perry, los personajes de Capote. Dos sujetos característicos. Forman una extraña pareja y se mueven casi al unísono. Excepto por la piel oscura, como teñida a carboncillo, no tienen nada en común. Darío tiene una cara chata, con el pelo lacio, que le cae sobre el cuello en una media melena grasienta, sin cuidar. Martín es enorme, casi metroochentaycinco, apenas cabía en el autobús que les transportó desde Río Grande.

El pasado domingo, Boca tenía la posibilidad de proclamarse campeón de Liga por primera vez en cuatro años. La condición era ganar a Tigre en el penúltimo partido del campeonato para lograr el título matemáticamente. Cerca de las diez de la mañana, la Bombonera, el mítico estadio del club porteño, era un avispero de camisetas azules y amarillas. Sigue leyendo

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