El futbolista apagado

Lo que lo separa de la cancha inmensa, de las luces y del sabor miel de la victoria es un soplo en el corazón. A veces sueña que juega como Ponzio, en la media del campo, con algo más de técnica que Gago. Pero se despierta febril, empapado en sudor y con el pulso disparado. “Todos me decían que yo era el mejor jugador de la villa”, recuerda Roberto, a quien todos en Villa Fiorito conocen como ‘Colo’. Embutido en un plumas, con las manos en los bolsillos, se desliza a trompicones entre las pancartas, las ollas y la furia rabiosa de miles de personas que desfilan por la anchísima avenida 9 de Julio de Buenos Aires. Tiene los dientes alineados y la mirada limpia se le ilumina cuando respondo a sus preguntas sobre España. “El fútbol allá…”, suspira sin terminar la frase.

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Los molinetes de La Bombonera

Llegaron como dos desarrapados a Buenos Aires. Habían fumado un porro antes de salir y aguantaron semidormidos las quince horas que hay que circular en autobús desde Río Negro para llegar a la capital argentina. El más bajito, Darío, trabaja en un pueblito de la región en una casa de apuestas y Martín, con una cresta mal acabada sobre el pelo negro, es mecánico en el mismo pueblo.

Recuerdan a Dick y a Perry, los personajes de Capote. Dos sujetos característicos. Forman una extraña pareja y se mueven casi al unísono. Excepto por la piel oscura, como teñida a carboncillo, no tienen nada en común. Darío tiene una cara chata, con el pelo lacio, que le cae sobre el cuello en una media melena grasienta, sin cuidar. Martín es enorme, casi metroochentaycinco, apenas cabía en el autobús que les transportó desde Río Grande.

El pasado domingo, Boca tenía la posibilidad de proclamarse campeón de Liga por primera vez en cuatro años. La condición era ganar a Tigre en el penúltimo partido del campeonato para lograr el título matemáticamente. Cerca de las diez de la mañana, la Bombonera, el mítico estadio del club porteño, era un avispero de camisetas azules y amarillas. Sigue leyendo

Crónicas de bar

El bar de barrio que frecuento para ver partidos de fútbol los domingos recibe a sus clientes con un huevo duro sin pelar y un botecito de sal. Es una forma de ahuyentar a los foráneos, el establecimiento se basta con los de siempre porque es un bar de barrio y todos los bares de barrio tienen ciertas señas de identidad. En este caso los brochazos blancos sobre gotelé azul celeste, la grasilla densificada por el tiempo de la barra y la banderita del Madrid colgada entre las botellas de alcohol. Y el camarero.

Los camareros de los bares de barrio tienen que cumplir ciertos requisitos que garanticen su éxito. Quién ha conocido a un camarero que se precie que no gaste bromas con voz de pito. El de mi barrio luce un bigote cincuentero digno del mismísimo Paco Gento que recorre la banda en un póster en blanco y negro pegado en el gotelé. Por supuesto, los camareros de barrio tienen que opinar de fútbol, aunque no tengan ni idea. “Hoy les vamos a meter cinco”, se jacta jocoso el tunante mientras vemos el Madrid-Bilbao. Pegadito a la barra, en su rincón de siempre, un jubilado de pelo blanco, barriga abundante y gafas de jubilado con barriga abundante pide un güisquito y le llama iluso, pero menos fino. Sigue leyendo