Vagones estridentes

De repente se hace el silencio. Un quejido, un “Hola, buenas tardes.” Resquebrajado, muchas veces por la rabia, otras por la vergüenza. Las miradas se bajan, las conversaciones se paran abruptamente. Unos colocan los ojos en el suelo, en el cristal o se concentran ceñudamente en la pantalla de su teléfono móvil, otros, simplemente, fingen mantener la concentración en su lectura cuando hace segundos eternos que su mente se ha alejado del argumento de las letras. Como un viento helado una voz remueve la conciencia, un discurso muchas veces emotivo, otras embriagador. Ninguno pasa desapercibido. Cada vez que el vagón del metro se para y entra una persona pidiendo dinero, comida, amparo, la voluntad por un paquete de clínex o un par de chocolatinas, el ambiente cargado del transporte público madrileño se enturbia y transforma en apatía, aversión, compasión o, incluso, asco.

Sigue leyendo