Crónicas de bar

El bar de barrio que frecuento para ver partidos de fútbol los domingos recibe a sus clientes con un huevo duro sin pelar y un botecito de sal. Es una forma de ahuyentar a los foráneos, el establecimiento se basta con los de siempre porque es un bar de barrio y todos los bares de barrio tienen ciertas señas de identidad. En este caso los brochazos blancos sobre gotelé azul celeste, la grasilla densificada por el tiempo de la barra y la banderita del Madrid colgada entre las botellas de alcohol. Y el camarero.

Los camareros de los bares de barrio tienen que cumplir ciertos requisitos que garanticen su éxito. Quién ha conocido a un camarero que se precie que no gaste bromas con voz de pito. El de mi barrio luce un bigote cincuentero digno del mismísimo Paco Gento que recorre la banda en un póster en blanco y negro pegado en el gotelé. Por supuesto, los camareros de barrio tienen que opinar de fútbol, aunque no tengan ni idea. “Hoy les vamos a meter cinco”, se jacta jocoso el tunante mientras vemos el Madrid-Bilbao. Pegadito a la barra, en su rincón de siempre, un jubilado de pelo blanco, barriga abundante y gafas de jubilado con barriga abundante pide un güisquito y le llama iluso, pero menos fino. Sigue leyendo

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