“El bautismo”

La cinta adhesiva le bloqueaba la sangre de las muñecas. Con los brazos en alto, atado de pies y manos, el dolor era insoportable. Las bocas que se abrían y cerraban circulaban delante de él a través de los dos agujeros del pasamontañas. Goteaba sudor a pesar del frío insoportable que contraía el resto de su cuerpo desnudo. El pene flácido se raspaba constantemente, hasta la irritación, contra la madera del mástil, mientras el resto lo golpeaba una y otra vez en la espalda. Con los ojos cerrados y los dientes apretados, intentaba controlar los aullidos de dolor. Trataba de concentrarse, de dejar la mente en blanco. Pero cada latigazo lo volvía todo rojo. Una lágrima resbaló desde el rabillo de su ojo hasta el labio. Sintió la intensidad salada de aquella gota. Sigue leyendo

El futbolista apagado

Lo que lo separa de la cancha inmensa, de las luces y del sabor miel de la victoria es un soplo en el corazón. A veces sueña que juega como Ponzio, en la media del campo, con algo más de técnica que Gago. Pero se despierta febril, empapado en sudor y con el pulso disparado. “Todos me decían que yo era el mejor jugador de la villa”, recuerda Roberto, a quien todos en Villa Fiorito conocen como ‘Colo’. Embutido en un plumas, con las manos en los bolsillos, se desliza a trompicones entre las pancartas, las ollas y la furia rabiosa de miles de personas que desfilan por la anchísima avenida 9 de Julio de Buenos Aires. Tiene los dientes alineados y la mirada limpia se le ilumina cuando respondo a sus preguntas sobre España. “El fútbol allá…”, suspira sin terminar la frase.

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Paddy Kelly

Su modo de comunicación más frecuente era el gruñido. Vivía rodeado de españolitos perdidos que apenas sabían una palabra de inglés. Gruñía porque no sabía español, porque aunque había escrito más de quince libros sobre la Guerra Civil, la pereza y el alcohol le habían privado de emular a Hemingway para atarlo primero a su sillón en una casa cerca de Grafston Street, a una cama años más tarde, cuando tuvo que vender la butaca como último recurso para no morir de hambre, y a la salita de estar de un hostel en Usher Quai, en la recta final de su vida. Allí lo conocí. Lo espiaba en sus ratos de lucidez, lo observaba con cuidado mientras guardaba en su bolsillo una petaquita que solía conservar en el congelador. Luego se escondía en la sala de cine, se hacía un ovillo en una de las esquinas y pasaba horas absorto ante la pantalla del televisor. Gruñía. Cada vez que algún despistado encendía la luz asustado de la bola de grasa y pelo canoso que se desperezaba en la penumbra, gruñía. Era “un puto borracho irlandés”. Sigue leyendo

Los molinetes de La Bombonera

Llegaron como dos desarrapados a Buenos Aires. Habían fumado un porro antes de salir y aguantaron semidormidos las quince horas que hay que circular en autobús desde Río Negro para llegar a la capital argentina. El más bajito, Darío, trabaja en un pueblito de la región en una casa de apuestas y Martín, con una cresta mal acabada sobre el pelo negro, es mecánico en el mismo pueblo.

Recuerdan a Dick y a Perry, los personajes de Capote. Dos sujetos característicos. Forman una extraña pareja y se mueven casi al unísono. Excepto por la piel oscura, como teñida a carboncillo, no tienen nada en común. Darío tiene una cara chata, con el pelo lacio, que le cae sobre el cuello en una media melena grasienta, sin cuidar. Martín es enorme, casi metroochentaycinco, apenas cabía en el autobús que les transportó desde Río Grande.

El pasado domingo, Boca tenía la posibilidad de proclamarse campeón de Liga por primera vez en cuatro años. La condición era ganar a Tigre en el penúltimo partido del campeonato para lograr el título matemáticamente. Cerca de las diez de la mañana, la Bombonera, el mítico estadio del club porteño, era un avispero de camisetas azules y amarillas. Sigue leyendo

Concierto en la playa

Baila como un mod. Pero de eso hace ya unos años. Ahora se presenta él solo, acompañado de una multitud de unas cinco o seis personas frente a una jauría tranquila de nostálgicos. Bueno, hay de todo. Ahí está él, mirando el mar, con su guitarra colgada, su traje amplio, le queda grande. Tiene clase pero desgastada, elegancia cansada, como esa mirada de perro viejo a juego con las canas de su bigote. Sacude la guitarra, la agita, la araña, la acaricia. Pero la voz se mantiene sólida, paralela, fuerte. Buenas noches. Hay cuatro o cinco entre el público que saltan como si estuviese en el escenario el puto Justin Bieber. Son groupies, pero no se le quieren follar, claro. Un grupo, a la derecha, en alardes de ingenio ha empastado una melodía tópica a su nombre. Xoel, xoel-xoel-xoel Xoel, Xoel. Se revuelven los músicos sobre las tablas. El amor no es lo que piensas. Ni lo que pensamos todos. Sigue leyendo

Un atraco confuso

Aquella noche Fernando y El Chori habían cenado juntos. El plan continuaba en pie, aquella lluvia de marzo no iba a torcer los preparativos de todo un mes. Al fin y al cabo, era un golpe más y tenían que seguir viviendo de algo. Lo cierto es que nunca habían llegado tan lejos como pensaban llegar esa noche. Comieron poco, fue una cena casi frugal porque cuando sube la adrenalina el estómago se cierra. El estómago pesado tampoco es un buen compañero en ese tipo de situaciones. En el peor de los casos tendrían que salir corriendo, tampoco era bueno no comer nada.

Fernando siempre había sido un tipo peculiar. Le conocí en el instituto, era algunos años mayor pero pronto le superaría en curso. Siempre decía, desde el pupitre de atrás mientras se preparaba el canuto del recreo, que lo suyo no era estudiar. Desde luego la inteligencia nunca fue una de sus virtudes y las pocas neuronas que le quedaban se evaporaron igual que el olor a yerba a la entrada del colegio.

A El Chori, en cambio, no le conocía tanto. Siempre medio oculto entre el grupo de disidentes de los estudios, nunca hizo demasiado ruido y pasó sin pena ni gloria por aquellas clases, por aquel barrio, el de toda la vida. Hace poco coincidí con él. Cruzo cada semana la estación de Chamartín sorteando repartidores de panfletos con descuentos para los restaurantes de la estación. Comerciales que te ofrecen tarjetas de crédito con muchas ventajas o unas chicas muy simpáticas que regalan muestras de colonia a todo el que pasa. Sigue leyendo

Crónicas de bar

El bar de barrio que frecuento para ver partidos de fútbol los domingos recibe a sus clientes con un huevo duro sin pelar y un botecito de sal. Es una forma de ahuyentar a los foráneos, el establecimiento se basta con los de siempre porque es un bar de barrio y todos los bares de barrio tienen ciertas señas de identidad. En este caso los brochazos blancos sobre gotelé azul celeste, la grasilla densificada por el tiempo de la barra y la banderita del Madrid colgada entre las botellas de alcohol. Y el camarero.

Los camareros de los bares de barrio tienen que cumplir ciertos requisitos que garanticen su éxito. Quién ha conocido a un camarero que se precie que no gaste bromas con voz de pito. El de mi barrio luce un bigote cincuentero digno del mismísimo Paco Gento que recorre la banda en un póster en blanco y negro pegado en el gotelé. Por supuesto, los camareros de barrio tienen que opinar de fútbol, aunque no tengan ni idea. “Hoy les vamos a meter cinco”, se jacta jocoso el tunante mientras vemos el Madrid-Bilbao. Pegadito a la barra, en su rincón de siempre, un jubilado de pelo blanco, barriga abundante y gafas de jubilado con barriga abundante pide un güisquito y le llama iluso, pero menos fino. Sigue leyendo

Un niño llamado Bugg

Las comparaciones son odiosas. Nació en la Inglaterra de This is England, en las calles llenas de droga y juventudes perdidas. Esa Inglaterra profunda de los barrios obreros, de Nottingham, en este caso. Nació en un ambiente de niebla y humo de fábricas y tabaco. Asfalto lleno de fracasos. Había pocas salidas, o vivir dentro de un círculo de miseria o coger una guitarra y transformar ese mundo de tristeza en algo más bonito. Eso le pasó a Jonnhy Cash cuando estuvo en Folsom y acabó murmurando, más que cantando, aquella frase “I hear the train ain’t comming…”. A Dylan en su Minessota natal, aunque de padres judíos él no sufriera las penurias de los hijos de obreros en barrios obreros, acabaría componiendo un puzzle musical, una historia de fracaso llamada Tangled up in blue. Sigue leyendo

“Defiende lo nuestro”

-¡Lo hemos conseguido! ¡Somos guerreros!

Cercana la una de la madrugada y después de 6 horas de negociación salen dos sindicalistas entre gritos, uno se adelanta y al atravesar la salida del hotel Confortel salta y golpea enfurecido la parte superior de la puerta en una explosión de rabia contenida durante muchas horas. Su compañero, que viene detrás, se llama Juan Carlos del Río y como responsable de UGT lleva hablando con la prensa durante toda la tarde, se acerca al hall, donde la prensa espera expectante y exclama: “¡Ya tenemos acuerdo!”. Pero la expresión de un tercer sindicalista no dice lo mismo, desde la sala de reuniones emprende una carrera gritando “¡No!, ¡no!”, cuando llega a la altura de Juan Carlos le agarra con violencia del cuello y le susurra al oído unas palabras inaudibles para el resto. Dan la vuelta y entran de nuevo en la sala de reuniones.

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