“El bautismo”

La cinta adhesiva le bloqueaba la sangre de las muñecas. Con los brazos en alto, atado de pies y manos, el dolor era insoportable. Las bocas que se abrían y cerraban circulaban delante de él a través de los dos agujeros del pasamontañas. Goteaba sudor a pesar del frío insoportable que contraía el resto de su cuerpo desnudo. El pene flácido se raspaba constantemente, hasta la irritación, contra la madera del mástil, mientras el resto lo golpeaba una y otra vez en la espalda. Con los ojos cerrados y los dientes apretados, intentaba controlar los aullidos de dolor. Trataba de concentrarse, de dejar la mente en blanco. Pero cada latigazo lo volvía todo rojo. Una lágrima resbaló desde el rabillo de su ojo hasta el labio. Sintió la intensidad salada de aquella gota.

“Todo está en la cabeza”, se había repetido una y otra vez durante más de 20 días. “¡Ya basta!”, dijo el padrino.

Pararon los golpes y las risas. Se oyó un murmullo y sintió, tres segundos después, el golpe seco de un líquido pegajoso que lo cubrió desde los brazos hasta la punta de los pies. Era una pasta a base de aceite, harina, serrín y huevos, preparada cuidadosamente para la ocasión.

“¡Ya está bautizado!”, volvió a exclamar el padrino.

Los demás marineros le retiraron el pasamontañas y lo llevaron en volandas por toda la cubierta del barco entre alaridos y cánticos.

No fue el peor. Habíamos visto verdaderas perversiones a bordo de aquella embarcación. A uno lo colgaron con una cuerda de las manos y lo apalearon hasta que perdió el conocimiento. El rito del bautismo, la iniciación de los marineros primerizos, es una tradición que tiene cientos de años de historia. Algunos incluso lo relacionan con la mitología griega y aseguran que el procedimiento es una orden de Poseidón, dios del mar, para permitir la entrada a sus dominios a los novicios que se inician en la profesión. En la actualidad, los marineros aprovechan una tradición que ha olvidado toda la mística espiritual para desahogarse ensañándose especialmente contra los que peor se desempeñan durante la primera marea a bordo. Son días cruciales para demostrar fuerza y resistencia. La recompensa se convierte en deferencia por parte de los marinos veteranos. No se trata de compasión sino de un sentido algo trastocado de la justicia.

La soledad y la nostalgia embrutecen, a veces hasta el punto de la locura. Marcelo recuerda los primeros días seleccionando cuidadosamente, procurando ser ágil, el tamaño de los calamares. Trataba de no tocar las ventosas de las patas de los bichos que, todavía vivos, se solapaban a las manos con una fuerza inusitada. Caja tras caja.

“La cabeza no para de dar vueltas mientras trabajas”, cuenta.

Y allí nadie es bueno. Todos se recuerdan las eventuales infidelidades de sus parejas hasta límites peligrosos. Un día vimos a Bubú enloquecer de verdad. Comenzó a dar puñetazos al aire y golpearse el cuerpo contra las paredes.

“¡Suéltenme! ¡Suéltenme!”, chillaba.

Le rodearon el cuerpo con una cuerda, intentando calmar el ataque psicótico, que no cesó hasta llegar a puerto.

“En un principio te aferras al sentimiento de la aventura. Miras el mar, sientes el aire… Pero en cuanto llega la noche sólo aciertas a intentar controlar los mares, estás tan cansado que sólo piensas en dormir. Por suerte nunca vomité”, reconoce orgulloso.

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