El futbolista apagado

Lo que lo separa de la cancha inmensa, de las luces y del sabor miel de la victoria es un soplo en el corazón. A veces sueña que juega como Ponzio, en la media del campo, con algo más de técnica que Gago. Pero se despierta febril, empapado en sudor y con el pulso disparado. “Todos me decían que yo era el mejor jugador de la villa”, recuerda Roberto, a quien todos en Villa Fiorito conocen como ‘Colo’. Embutido en un plumas, con las manos en los bolsillos, se desliza a trompicones entre las pancartas, las ollas y la furia rabiosa de miles de personas que desfilan por la anchísima avenida 9 de Julio de Buenos Aires. Tiene los dientes alineados y la mirada limpia se le ilumina cuando respondo a sus preguntas sobre España. “El fútbol allá…”, suspira sin terminar la frase.

Juega al fútbol desde que tiene memoria. En el equipo de barrio y luego en los filiales de Banfield. Pronto se llevaron a Sao Paulo a jugar torneos, a Bello Horizonte… hasta que una llamada le encendió los ojos. Un ojeador de River Plate, el equipo por el que había hinchado toda su vida, lo llamaba para unas pruebas que, si salían bien, lo llevarían hasta el olimpo del fútbol argentino y quién sabe si hasta Europa, se permitió soñar tras aquel llamado. “Vino luego del partido y me dijo que era de River, que si tenía un celular, que me iba a llamar. Yo no lo creí, pero me llamó, loco. Siempre quise ser jugador”, admite apretando los labios.

Lo que el ojeador no vio lo detectaron los electrodos del servicio médico del club argentino. “Me dijeron que tenía un soplo”. La carrera tranquila sobre aquella cinta desbarató con la rapidez de las malas noticias un prometedor futuro alejado de las penurias de la villa a la que volvió con la cabeza gacha y el alma frustrada.

Cayó en la droga. “Empecé a fumar paco, pastillas… Al principio no era mucho pero empezás, te enganchás y ya es muy difícil”, relata, compungido. Siguió jugando pero se cansaba. La fuerza de los bombeados no alcanzaba para un partido entero y siempre lo acababan sustituyendo. Acabó jugando al fútbol sala. “Aún así soy muy bueno”, precisa. Nunca estudió mucho. Como eran de la villa, en el instituto público no les daban “bola”. Y se acababan escapando a fumar antes de colarse en la cancha. “Si jugás, no te podés drogar. Tenés que ser fuerte”, repasa ahora que, con 22 años, ha conseguido escaparse ligeramente de ese mundo. Trabaja en una cooperativa de leche que con el cambio de Gobierno, dice, puede irse “al carajo”. “Tenés que contar afuera lo que yo te cuento, lo que está pasando de verdad”, reivindica entre el zumbido de los tambores mientras tomamos la calle que desemboca en el Congreso.

“Siempre quise jugar al fútbol”, repite entre dientes, casi más para sí mismo que para quien lo escucha. Y se pierde entre la densa maraña de cuerpos, embutido en su abrigo, con las manos en los bolsillos. “¡Buscame en Facebook!”, recuerda con un grito.

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