Paddy Kelly

Su modo de comunicación más frecuente era el gruñido. Vivía rodeado de españolitos perdidos que apenas sabían una palabra de inglés. Gruñía porque no sabía español, porque aunque había escrito más de quince libros sobre la Guerra Civil, la pereza y el alcohol le habían privado de emular a Hemingway para atarlo primero a su sillón en una casa cerca de Grafston Street, a una cama años más tarde, cuando tuvo que vender la butaca como último recurso para no morir de hambre, y a la salita de estar de un hostel en Usher Quai, en la recta final de su vida. Allí lo conocí. Lo espiaba en sus ratos de lucidez, lo observaba con cuidado mientras guardaba en su bolsillo una petaquita que solía conservar en el congelador. Luego se escondía en la sala de cine, se hacía un ovillo en una de las esquinas y pasaba horas absorto ante la pantalla del televisor. Gruñía. Cada vez que algún despistado encendía la luz asustado de la bola de grasa y pelo canoso que se desperezaba en la penumbra, gruñía. Era “un puto borracho irlandés”. Algunos lo teníamos claro cuando lo veíamos afanarse por hacer sonar un ‘whistle’ de juguete que cualquiera que hubiera pasado por allí habría confundido con el sonido de una hidra. Era “un puto borracho irlandés” que no sabía una mierda de tocar la flauta pero que entendía muchísimo de cine cuando estaba sobrio. Ni siquiera resultaba fácil entender sus horarios: se levantaba a las 6 de la mañana de una suerte de guarida que había construido en la litera desvencijada de una habitación en la que dormía junto a doce personas que iban y venían. Su cama de 12 euros la noche era algo así como un subterfugio en el que lograba un microclima de sudor recocido con esencia de alcohol vaporizado de varios días. Nunca cerraba la ventana de la habitación. Consideraba improbable agarrar un resfriado durante el invierno irlandés, a diez grados bajocero. Dicen que el alcohol distorsiona la sensación térmica propia y, si uno se concentra, también la de los demás. Recuerdo un par de ilusos que en su primera noche como compañeros del “puto borracho irlandés” desafiaron unas cuantas leyes del universo para intentar cerrar la ventana que daba a su litera. Tras ponerse de acuerdo, con un poco de esfuerzo se incorporaron sobre la parte corredera de la ventana estilo inglés y la deslizaron de forma brusca hasta abajo. Con una media sonrisa de complicidad se recostaron sobre sus camas para escuchar al cabo de tres segundos el chirrido de los raíles del ventanal, que volvía a quedarse suspendido en el aire. Supongo que cuando se levantaba desayunaba la primera ración de Jameson’s del día. Se abocaba al visionado de unos documentales en blanco y negro en su ordenador destartalado y, supongo también, escribía algo en un documento. Cuando yo me despertaba, lo buscaba entre la multitud de turistas que se repartían entre las mesas de madera y casi nunca lo encontraba porque huía de todo tipo de relaciones sociales, excepto de algunas. En su decrepitud, había conservado un sentido de supervivencia reblandecido. En mis continuos espionajes durante aquellos meses conseguí observar una rutina unívoca. Detectaba, con un instinto de ave rapaz anciana, la presencia de extranjeras no demasiado jóvenes. Entendía que si hacían todo en pareja la tarea podía acabar siendo doblemente productiva. Esperaba hasta la hora de comer y se pavoneaba distraído entre las estanterías de la cocina en las que guardaba con esmero una exigua colección de especias y salsas perpetradas a mano. Esperaba al momento preciso en el que la materia prima necesita absorber olores y sabores complementarios y se ofrecía a mejorar el plato. Sacaba un botecito de pimienta caducada, la enseñaba, seguramente relataba una historia insólita detrás de aquel producto milenario y se autoinvitaba a participar de la comida. Ellas lo miraban entre asombradas y asustadas por la facha de aquel charlatán con olor a jengibre que derrochaba una sensibilidad inusitada al hablar. Se preguntaban por qué veían algo de atractivo en aquellas palabras magnéticas. Calculo que sabía despertar en ellas las incógnitas precisas. Acabada la comida, mecido en una charla liviana sobre literatura y cine, las invitaba a su lugar preferido de aquel edificio enclenque y alargado. Se colaba entre las dos siluetas femeninas y estiraba sendos brazos en actitud paternalista mientras el cine improvisado lo oscurecía todo y me privaba de conocer unos detalles que yo anticipaba inexistentes. Pero, “y si…”. Las idas y venidas de extranjeras bonitas eran corrientes, fugaces y se repetían con demasiada asiduidad, con un ritmo excesivo para un corazón renqueante que ya no se podía permitir el lujo de enamorarse tres veces cada semana, y menos por partida doble. Todo lo demás lo anotaba en su documento que parecía ser una novela incipiente de muchas cosas y ninguna a la vez. Quizá de su final inminente, quizá de las idas y venidas debidamente exageradas sobre el papel, quizá sobre el alcohol que lo consumía todo. Algunos juraban haberlo visto llorar deambulando por las calles mojadas de Dublín, recordando al escritor que un día se abandonó a sí mismo. En Dublín, con el tiempo, las personalidades las borra el alcohol y las aceras se llenan de fantasmas . “Por ahí va Paddy Kelly”, lo señalaban con nostalgia.

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