Los molinetes de La Bombonera

Llegaron como dos desarrapados a Buenos Aires. Habían fumado un porro antes de salir y aguantaron semidormidos las quince horas que hay que circular en autobús desde Río Negro para llegar a la capital argentina. El más bajito, Darío, trabaja en un pueblito de la región en una casa de apuestas y Martín, con una cresta mal acabada sobre el pelo negro, es mecánico en el mismo pueblo.

Recuerdan a Dick y a Perry, los personajes de Capote. Dos sujetos característicos. Forman una extraña pareja y se mueven casi al unísono. Excepto por la piel oscura, como teñida a carboncillo, no tienen nada en común. Darío tiene una cara chata, con el pelo lacio, que le cae sobre el cuello en una media melena grasienta, sin cuidar. Martín es enorme, casi metroochentaycinco, apenas cabía en el autobús que les transportó desde Río Grande.

El pasado domingo, Boca tenía la posibilidad de proclamarse campeón de Liga por primera vez en cuatro años. La condición era ganar a Tigre en el penúltimo partido del campeonato para lograr el título matemáticamente. Cerca de las diez de la mañana, la Bombonera, el mítico estadio del club porteño, era un avispero de camisetas azules y amarillas.

Darío enseña una hilera de dientes pequeñitos que se extiende hasta las comisuras de los labios cuando esboza una sonrisa pícara.

-Venís con la entrada comprada, claro -les sugiero.
-Y… en la Bombonera uno no puede comprar la boleta así. No se venden. Los abonados de Boca superan la capacidad de la cancha, sabés. Nosotros tenemos un contacto en los molinetes. Le pagamos la plata. Estamos por allí como a las 10 de la mañana y esperamos a que el pibe nos haga una seña y… si todo va bien, vemos ganar a Boca.

Darío ya lo había hecho en dos ocasiones. La primera vez funcionó. En la segunda ocasión, los policías rodearon todas las entradas del estadio, en un intento por parte de la presidencia del club de acabar con el mercado negro de los trabajadores de los molinetes -los tornos de acceso-. Tuvo que ver la derrota de Boca frente a River en una tele pequeñita que les alcanzó un vecino del barrio.

-Te la jugás, nadie te garantiza nada. Si no entrás, el loco del molinete de devuelve la plata y fuera-. Darío sonríe sentado en la silla de la terraza, con una cerveza en la mano, la quinta.

15 horas de autobús, sin garantías de nada. Casi 20 sin dormir para jugártela al todo o nada frente al estadio. Si entras, ves a tu equipo proclamarse campeón. Si no entras… tienes otras 15 horas para lamerte las heridas con alcohol.

Tigre empezó cerrado atrás el partido, dificultando la salida de balón de los bosteros. Un partido correoso que se definió en unos escasos contragolpes. “Todo volvió a estar en orden”, dijo Carlitos Tévez, el hijo pródigo, después del partido. Con esos arreones que le caracterizan condujo a su equipo hasta el brillo del liderazgo, pero no fue él quien marcó el gol de la victoria sino su compañero Monzón, con un cabezazo de garra tras un saque de esquina.

Buenos Aires empezó a enloquecer. Los pitos, los bocinazos, las banderas azules y amarillas, los gritos. En las esquinas de San Telmo, los hinchas se acumulaban formando pequeños grupúsculos para caminar hasta la Plaza del Obelisco, icónico lugar de la capital.

“Teníamos los pies destrozados, apenas dormimos una hora, agarramos y nos fuimos para la cancha a las 1o de la mañana”, contaba Martín horas después del partido. A pesar del cansancio, de la falta sueño rellena con la acuosa cerveza Quilmes, caminaron unos 40 minutos desde el estadio de Boca hasta el monumento a celebrarlo.

Ya duchados, derrengados en las sillas de madera con sendas botellas de cerveza en la mesa, la felicidad se les salía por los ojos. El brillo de sus pupilas debía de compensar el cansancio, el sueño acumulado, el alto grado de alcohol y marihuana en sus venas.

-¿Consiguieron entrar?
-Claro, hermano. Se armó un quilombo… una locura. ¡Fuera de la cancha quedó gente como para llenarla dos veces! Nos hicimos en un rincón, en una esquinita de la cancha. Apretados, viste… Agarramos unas latitas de cerveza, unas hamburguesas y a gritar como locos, boludo. Fue grandioso, ¿sabés?

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