Concierto en la playa

Baila como un mod. Pero de eso hace ya unos años. Ahora se presenta él solo, acompañado de una multitud de unas cinco o seis personas frente a una jauría tranquila de nostálgicos. Bueno, hay de todo. Ahí está él, mirando el mar, con su guitarra colgada, su traje amplio, le queda grande. Tiene clase pero desgastada, elegancia cansada, como esa mirada de perro viejo a juego con las canas de su bigote. Sacude la guitarra, la agita, la araña, la acaricia. Pero la voz se mantiene sólida, paralela, fuerte. Buenas noches. Hay cuatro o cinco entre el público que saltan como si estuviese en el escenario el puto Justin Bieber. Son groupies, pero no se le quieren follar, claro. Un grupo, a la derecha, en alardes de ingenio ha empastado una melodía tópica a su nombre. Xoel, xoel-xoel-xoel Xoel, Xoel. Se revuelven los músicos sobre las tablas. El amor no es lo que piensas. Ni lo que pensamos todos.

De repente, todo se vuelve oscuro. Alguien mira la luna y él canta, calmado, que sueña cada día. Tiene la playa justo enfrente. El sonido del mar se cuela por los altavoces. Se hizo joven antes de tiempo, piensa. Le contesta una chica, de pelo rizado, desde atrás. Que no. Dice que la siguiente canción está dedicada a todos los presentes, que también son, explica, de alguna manera, almas del norte. Se abrazan dos personas en primera fila y se acaba todo. Se apagan las luces y se van los músicos. Que la vida te dé, todo lo bueno que merezcas.

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