Un atraco confuso

Aquella noche Fernando y El Chori habían cenado juntos. El plan continuaba en pie, aquella lluvia de marzo no iba a torcer los preparativos de todo un mes. Al fin y al cabo, era un golpe más y tenían que seguir viviendo de algo. Lo cierto es que nunca habían llegado tan lejos como pensaban llegar esa noche. Comieron poco, fue una cena casi frugal porque cuando sube la adrenalina el estómago se cierra. El estómago pesado tampoco es un buen compañero en ese tipo de situaciones. En el peor de los casos tendrían que salir corriendo, tampoco era bueno no comer nada.

Fernando siempre había sido un tipo peculiar. Le conocí en el instituto, era algunos años mayor pero pronto le superaría en curso. Siempre decía, desde el pupitre de atrás mientras se preparaba el canuto del recreo, que lo suyo no era estudiar. Desde luego la inteligencia nunca fue una de sus virtudes y las pocas neuronas que le quedaban se evaporaron igual que el olor a yerba a la entrada del colegio.

A El Chori, en cambio, no le conocía tanto. Siempre medio oculto entre el grupo de disidentes de los estudios, nunca hizo demasiado ruido y pasó sin pena ni gloria por aquellas clases, por aquel barrio, el de toda la vida. Hace poco coincidí con él. Cruzo cada semana la estación de Chamartín sorteando repartidores de panfletos con descuentos para los restaurantes de la estación. Comerciales que te ofrecen tarjetas de crédito con muchas ventajas o unas chicas muy simpáticas que regalan muestras de colonia a todo el que pasa.

Él estaba apoyado en una columna, su figura alargada repartía descuentos de 2×1 para el Pans&Company de la planta de arriba. Rechacé el que me ofreció, por supuesto no me reconoció pues yo para él había sido uno más. Nunca destaqué por saltarme clases ni por pelearme con la banda de portorriqueños que siempre ocupaban una de as esquinas del patio. Pero yo sí me acordaba de él, en parte por sus reconocibles facciones y su constitución enclenque, en parte por una particular obsesión mía de prestar demasiada atención a la gente que me rodea, aunque no me importe para nada.

La cena de aquella noche fue corta, no así los preparativos del asalto. El jefazo les había ordenado discreción en cada uno de sus movimientos. Se enfundaron los guantes, prepararon las bolsas, cargaron las armas y se sentaron, fumando despacio un cigarrillo, hasta que llegó la hora. Cerraron con llave la puerta y salieron, chaqueta negra y capucha El Chori, todo de negro Fernando. Eran las tres de la mañana.

-o-

“Sólo unos pocos sabemos adivinar cuando se acerca una buena noche”, les dije a Raquel y a los demás (Nacho y Quique) cuando brindamos por el tercer chupito. Antes, dos cervezas, un par de copas y una intomable absenta que casi nos deja fuera de juego. Era miércoles y se nos había ido de las manos, aunque estábamos pasando un buen rato. Qué más necesita uno que un par de amigos y algo de alcohol para contar con una excusa y llegar tarde a casa una víspera de festivo. Todos teníamos razones para estar contentos y el buen ánimo de un grupo depende en buena parte de esa predisposición primigenia que a veces se tiene pero otras muchas no. Nosotros contábamos ya con demasiada experiencia en noches fallidas, presuntuosos planes que acababan en la calle o en el portal de cualquier edificio esperando a que escampara la lluvia. El clima no acompañaba. Toda la tarde había estado amenazando el cielo con derrumbarse en tormenta y finalmente se había decidido. Llovía muchísimo. Pero los bares tienen techo, ya se sabe.

Planes para el verano y cotilleos varios rondaron las conversaciones aquella noche en la que nada quedó en claro después de una obtusa espantada. Una bomba de humo. Me fui a casa, sin apenas decir nada aunque no sin antes pasar por el McDonalds de Gran Vía, que estaba hasta arriba. Bajé medio corriendo (la maldita lluvia) Alcalá y me senté en el asiento de atrás del autobús nocturno, el búho. Justo enfrente de una chica de la que me hubiera enamorado si hubiera levantado la vista al menos una vez. Los amores a primera vista son los más sinceros, porque nunca se hacen realidad. Justo cuando estaba revisando con la mirada la comisura de sus labios me llamó Quique. Principalmente quería preguntarme que por qué me había ido así sin más, pero ya se sabe que cuando uno habla bajo los efectos del alcohol, las conversaciones se alargan eternamente, más si el otro también va perjudicado. Media hora, casi las cuatro menos diez. Salí del autobús todavía con la conversación abierta y me resguardé en el quiosco de mi barrio. Creo que pasaron 15 o 20 minutos más.

Acabamos la llamada, conecté la música de nuevo y salí corriendo, capucha puesta, hasta mi casa que se encontraba a más o menos 400 metros de allí. La lluvia era ahora torrencial, tanto que apenas reparé en las luces al fondo de la carretera, todavía más borrosas por el alcohol y el vaho. Pero eran luces de policía, luego sabría que eran dos coches de la policía municipal. Giré a la izquierda y entre en la calle que lleva hasta mi casa, que es relativamente larga. Ruidos a mi espalda. Supuse que venían de las luces tintineantes de la esquina. Salté varias veces intentando no mojarme aún más con los charcos, la calle de mi casa tiene un drenaje pésimo. Frente al portal traté de sacar las llaves de mi bolsillo pero, inesperadamente, las voces se habían acercado demasiado y ahora me gritaban casi en la nuca. Giré rápidamente, todavía con los auriculares en mis oídos y lo único que alcancé a ver fue la pistola negra que me apuntaba a pocos metros de distancia.

“¡Alto! ¡Policía! Ponga las manos donde pueda verlas. ¡Al suelo! ¡Al suelo!”

Tras enfocar, los tres bultos iniciales se habían convertido en las siluetas de dos policías de la secreta y de un municipal, que sostenía mi DNI en la mano. El segundo pensamiento que cruzó mi mente fue de agradecimiento: al menos eran policías. No daba crédito. No entendía qué pasaba. Uno de ellos me cacheaba mientras mi cabeza rebotaba contra el suelo mojado y la pistola no dejaba de apuntarme. “¿Por qué te has quitado los guantes?”, me preguntó el municipal. “¿Qué guantes? -repuse- Yo no llevo guantes, he venido así, tal cual”. Acto seguido, el policía señaló al suelo donde, efectivamente, había dos guantes tirados.

– Sabes perfectamente que te has quitado los guantes justo antes de darte la vuelta, pero no te preocupes, si ahora lo vas a tener que explicar todo en comisaría. Ya verás como ahí sí empiezas a recordar las cosas.- me espetó el municipal con cierta agresividad justo antes de agarrar mi brazo. – Ven con nosotros.

Supe que habíamos llegado porque vi tres coches más de policía, uno del cuerpo nacional, y numerosos agentes hablando y mirando hacia la puerta de una de las tres o cuatro farmacias que hay en el barrio. Esta, curiosamente, era la más cercana al colegio. Cuando giré la vista hacia la puerta pude ver una verja destrozada y una bolsa de tela grande con una cantidad enorme de medicamentos en su interior que con la caída se habían desparramado. El cartón de algunos de ellos se había derretido tras entrar en contacto con el agua del suelo. La lluvia seguía cayendo con la misma fuerza.

Me colocaron al lado de uno de los agentes de la Nacional, quien me volvió a pedir la documentación. “De dónde vienes”, me preguntó, algo más amable que su compañero. Le contesté que había pasado la noche en un garito de Alonso Martínez, con unos amigos y que me habían detenido sin motivo al volver a mi casa. “Mi único delito es haber salido de fiesta con unos amigos, agente”. La pedantería chirrió en mis oídos. El alcohol no ayuda en estas situaciones ridículas, reaccionamos irreverentemente. No sabía si era el miedo, lo surrealista de la situación o mi borrachera lo que me hacía mirar continuamente hacia abajo y balbucear las respuestas, en lugar de contestar firmemente.

“Coincide con la descripción de los testigos”, comentaban entre sí los policías. “Delgado, chaqueta negra y capucha, pero lo cierto es que su historia cuadra”.

Tras cuarenta minutos de cautiverio por fin pude volver a mi casa, todavía anonadado por el encontronazo.

-o-

Cuando sonó la alarma, Fernando se puso nervioso y salió corriendo. Era la primera vez que intentaba un robo de esa magnitud. El Chori todavía estaba metiendo las medicinas en la bolsa cuando oyó los disparos de su colega, quien intentaba, de forma discreta, romper la verja exterior, que se había quedado encasquillada después de activarse la alarma. La abrió a duras penas y salió corriendo ante la ira de El Chori que intentó imitar a Fernando, pero con la bolsa cargada a la espalda. Salió primero, pero la bolsa se quedó atrapada cuando la verja bajó 50 centímetros más. Fernando ya estaba muy lejos, le había abandonado. Intentó rescatar el botín sin éxito y desistió cuando vislumbró, al final de la calle, las sirenas de los coches de policía. Salió corriendo y al doblar la esquina chocó con un vecino del barrio, a quien luego preguntaría la policía. Tomó el camino de en medio y se desenfundó los guantes, que cayeron justo enfrente de mi portal, donde yo me tumbaría pocos minutos después.

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